Estimado don Miguel:
Qué dificil resulta sujetar las riendas de este aluvión de sensaciones y recuerdos que irrumpen como un torrente sin guía. Ayer, mientras muchos aún dormíamos, una página de un libro cualquiera de nuestras estanterías se cerraba para siempre. ¿Para siempre? Tal vez era su pluma el arma más noble en esa batalla por mantener nuestro castellano, nuestro español, como lo que es toda lengua: una necesaria herramienta de unión y de comunicación de sentimientos, sueños y recuerdos. Tal vez era usted ese último caballero andante de las palabras de nuestro campo de Castilla, de nuestros pueblos que siguen siendo esas fraguas de la lengua todavía pura.
No serán suficientes todos los años de mi vida, y de muchas vidas, para agradecerle esas letras dedicadas al inicio de una desgastada edición de El Camino, su Camino y el de todos los que aún no lo habíamos encontrado.
Se nos marcha, don Miguel, pero nos deja esos personajes a modo de referencia. Me quedo con su Daniel "el mochuelo" y don José, el cura, "que era un gran santo"; guardo igualmente esos primeros años de la Sombra del Ciprés es Alargada al abrigo de aquellos gruesos muros abulenses.
Ayer quise resumir ante mis alumnos todo este manojo de memorias eternas pero sin vuelta atrás. Concluí, como lo hago ahora, expresando mi pesar por ese Nóbel que se le resistió, tal vez por ser usted fiel a sí mismo. Quiero, con esta" letra roja sobre fondo gris", permitirme la libertad de entregarle el mío personal, el nuestro, el de todos los que hemos sido, y somos, lectores suyos.
Hoy, aquí y ahora, le hago entrega de este Nóbel de la admiración, del agradecimento reiterado y, sobre todo, de la justicia. Va por usted, don Miguel.
MARCOhiStórico

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